Al despertar el alba nos levantamos y comimos un desayuno que ya habiera envidiado el mejor hotel de Ámsterdam. Recogimos todo y cargamos las mochilas en el camión.
El padre Pepe nos contó lo que íbamos a aprender durante el viaje y después comenzó la caminata hacia el río, donde pudimos ver un cocodrilo.
Como bohemios y buenos viajeros que somos, recorrimos lo que quedaba hasta la frontera a pie, viendo cómo los autocares vacíos pasaban a nuestro lado. Cruzamos la frontera como si fuera nuestra casa y una mujer nos preguntó sobre nuestro destino. Nosotros coreamos muy alto: ¡Nos vamos a Mozambique!
Mozambique es un país distinto, separado por una alambrada muy brillante que intimida. Por el camino hasta la estación de tren nos encontramos con los puestos de la calle que vendían desde calcetines hasta tabaco.
Por fin subimos al tren, y como pudimos nos fuimos acomodando dentro. Al ser éste el único tren que pasa al día en dirección Maputo, estaba saturado y en cada parada nos deteníamos casi quince minutos.
Hablando con niños y ancianos, cantando, haciendo fotos e intercambiando comida tomamos el primer contacto con Mozambique, y tras seis horas en el tren (para recorrer 120 kilómetros) y una comida militar a elegir entre lentejas, cocido madrileño, ensalada o fabada, llegamos finalmente a la estación Central.
Allí nos esperaban unos señores muy elegantes y muy trajeados que no trataron con nosotros. Nuestras pintas eran lamentables, pero por fin habíamos llegado a Maputo.
Andando llegaron a la fortaleza en la que pasaremos la noche. Hicimos una cadena casi caótica para bajar todas las mochilas del camión, nos aseamos y nos fuimos a cenar a un restaurante preparado especialmente para 130 viajeros hambrientos.
Sin tiempo para una sobremesa en condiciones, nos vamos a la fortaleza de nuevo, donde tendrá lugar una presentación del equipo de MRS y la proyección de una película en el jardín del museo de Historia.
LUCIANA FERRER.