Qué calor he pasado por la noche, me he despertado con todo el saco mojado. Mientras esperamos para irnos a visitar un proyecto, la gente canta canciones que espantarían a la abuela. Hay mucho alboroto y parece que la gimnasia de Pablo ha despertado a todo el mundo.
Hoy tenemos la oportunidad de participar más activamente en un proyecto: visitamos una aldea y ayudamos a las mujeres a limpiar de hierbas el suelo y remover la tierra con la azada. Sólo estamos media hora trabajando y acabamos muertos, con un calor insoportable y una sed enorme. Si nosotros estamos así, imagináos las mujeres que pasan cerca de seis horas todos los días cavando, recolectando y plantando bajo un sol abrasador y muchas con el niño a cuestas en la espalda.
A la vuelta vamos andando y por el camino visitamos la escuela a la que asisten los niños de la región. Cada clase tiene un edificio hecho de caña y paja, con una pizarra y una mesa con su taburete para el profesor. Durante la semana dan clase de portugués, matemáticas, gimnasia, dibujo y música, estas tres últimas sólo una hora a la semana. Son clases bastante grandes y los niños se sientan en el suelo.
Aunque parezca imposible, hoy también es el día en que tenemos más tiempo libre después de comer, y lo aprovechamos para dormir, poner al día el cuaderno de viaje o jugar y hablar simplemente.
Por la tarde echamos un partido de fútbol contra los niños de aquí y pasamos el rato con ellos. Además, hay talleres. Yo me meto en el de arqueología experimental y tallo, o por lo menos lo intento, una punta de flecha en silex. Es bastante difícil y un poco peligroso porque el silex corta mucho y las esquirlas que suelta al golpearse para modelarlo pueden clavarse causando heridas. Yo me corto en el dedo, cerca de la uña, y aunque la herida no es muy grande, me duele.
Cuando aún estamos en el taller aparecen los periodistas que estábamos esperando y gente de la radio (Cope, TVE, RTV,...), que vienen a grabarnos y a redactar las últimas noticias de nuestra expedición.
Antes de cenar, preocupados por los piojos, me miran la cabeza: tengo liendres. Se lo digo a la enfermera y hasta mañana no me podrá mirar porque ya no hay luz suficiente, así que de momento me tapo la cabeza con un pañuelo y procuro no acercarme a nadie. Espero no tener piojos...
Esta última semana se está alargando muchísimo; los días se nos hacen eternos y el tiempo pasa, en general, muy despacio. Ya tenemos ganas de volver, aunque también queremos quedarnos. Echo de menos una cama y una buena ducha caliente, que falta nos hace.
Pedro, nuestro astrónomo, ya está preparado: comienza la clase de astronomía.
Miriam del Valle