Amanece con la niebla, sin frío pero bastante húmedo, son las 5:30 de la mañana cuando el campamento empieza a desperezarse, en esta segunda mañana en Quinta de la Fronteira y ante la inminencia de nuestra partida hacia el siguiente destino se nos presenta más impresionante si cabe la espectacularidad y variedad de su vegetación.
El viaje hacia Beira se presenta un poco más complicado que en días anteriores debido a que alguno de los chicos tiene problemas gastrointestinales, contratiempo inevitable en este tipo de viajes.
El Club Naútico de Beira nos esperaba a comer a la una pero llegamos cuatro horas más tarde con hambre y sed. No tardamos en liquidar completo el mágnifico buffet.
Beira es una ciudad grande, considerada por muchos la hermana pequeña de Maputo, es la segunda en importancia en el país, pero la realidad es otra, Beira se limita a ser un corredor ferroviario que une su puerto con Zimbabwe. Las casas y edificios coloniales se suceden y permiten imaginar la belleza y esplendor de antaño. Desgraciadamente ninguno de los moradores de estos templos del pasado tiene la capacidad para mantenerlos. La ciudad tiene la cara triste. Grandeza y decadencia, pero a la vez, historia y encanto.
Después de la comida teníamos que haber visitado la fabrica de Pescamar, filial de Pescanova y último eslabón de la cooperación, pero ya es tarde y hay que montar campamento. Vamos a dormir en una parroquia que además tiene colegio y orfanato en una zona poco segura de la ciudad. La aglomeración de la gente alrededor de los autobuses nos pone nerviosos, pero finalmente gracias al trabajo de monitores, bomberos, profesores y organización, todos ellos perfectamente coordinados por Gonzalo, llegamos al centro sin problemas.
Esta noche Pescamar nos obsequia con una abundante y deliciosa cena y posterior bailoteo. Lo pasamos muy bien y dormimos cansados y a pierna suelta.
Teresa Eizaguirre.