A las cinco y media amanece en el camping de Gorongosa. Vemos como la niebla se ha apoderado del paisaje durante la noche, y como poco a poco va dejando paso al sol mientras nosotros recogemos las mochilas. A continuación hacemos deporte para despejarnos en el campo de fútbol. Intentamos no demorarnos mucho para salir lo antes posible hacia el oeste del país.
Tras casi cinco horas de autobús, dejamos atrás la provincia de Sofala para adentrarnos en Manica. Es en este lugar, en el Manica Lodge, donde mientras esperamos la comida , el Padre Juan nos hace una pequeña introducción sobre la geografía de la provincia.
Entre el excitante ritmo de los djembes tocados por alguno de los expedicionarios, partidas de mus y prácticas de tiro con arco, nos dan paso al comedor entrando grupo por grupo a coger la comida. Ya con el estómago satisfecho, llegamos en autobús hasta la villa de Manica. Este pequeño poblado se encuentra en el pie de la montaña Chinhamapere, muy cerca de la frontera con Zimbawe. Las casas son de adobe, circulares y pintadas de color anaranjado. Antes de comenzar la marcha hacia a la cima de una cercana montaña para ver unas pinturas rupestres, esperamos sentados sobre las sobresalientes y curiosas raíces de los árboles.
Con la llegada de la sacerdotisa y dueña de la montaña sagrada, iniciamos la ascensión teniendo que cumplir una serie de requisitos para dar paso a la ceremonia, como por ejemplo no grabar ni fotografiar y guardar riguroso silencio durante la subida. Según la tradición, hay que coger agua de un río, comer junto a una roca y subir descalzo. A medida que ascendemos las vistas son más espectaculares. Una vez llegamos a las pinturas, casi en la cima, la sacerdotisa realiza un ritual en su lengua dando palmas y bailando. Una vez resueltas nuestras dudas gracias a la ayuda de un traductor, la sacerdotisa le concede unos minutos a Olga, una de nuestras monitoras, para hablarnos sobre las características de las pinturas rupestres. Nos explica que pertenece a al paleolítico unas, y neolítico otros, y sus protagonistas son antílopes y guerreros. Cierra la ceremonia con un pañuelo blanco sobre la cabeza y arrodillada frente a la pared en la que se encuentran las fabulosas pinturas.
En el descenso hemos seguido las mismas pautas que en la subida. Un día más hemos podido contemplar el hermoso atardecer con un anaranjado sol escondiéndose en las azules montañas.
Retomamos el viaje en autobús en dirección a Quinta da Fronteira, donde pasaremos la noche.
Ana Corrales y Cristina Blas