Crónica del día 3 de Septiembre. Laura Sánchez
Ya hemos trazado la línea que dibuja el periplo en dos mitades. El invierno está quedando atrás y el Sol cosquillea intenso en nuestra piel cada vez más del color de la arena que pisamos.
Abrimos los ojos cuando aún no se ha abierto el día y retomamos nuestro rumbo hacia el parque de Gorongosa. La luz del amanecer golpea en las ventanas del autobús y se tambalea en nuestros párpados dormidos. Atravesamos una de las puertas principales del parque y nos adentramos por los caminos que llegan hasta Chitengo, la sede central del parque, donde establecemos nuestro campamento.
Llega el momento de subirnos a las pic-ups y a los vehículos especiales para sumergirnos entre las palmeras y los árboles del color de la lima que inundan el paisaje del parque.
Nuestros ojos expectantes dejaban caer la mirada sobre cualquier movimiento, por muy leve que fuera. El aleteo de las hojas con el viento se tornaba en posibles leones, elefantes o leopardos, pero allí no había nada. A medida que avanzábamos por los enrevesados caminos la curiosidad iba siendo mayor, los expedicionarios se sentían como auténticos aventureros al poder ver con sus propios ojos los animales en su hábitat natural.
Fueron las perdices las primeras que se cruzaron, y poco a poco fueron apareciendo los facoceros (como curiosidad, Pumba en la película de El Rey León), que acabaron siendo los animales más vistos de todos. Los antílopes, gacelas e impalas se asomaban tímidos entre los árboles, pero desconfiados se alejaban rápidamente mostrándonos sus impresionantes saltos. Los más afortunados tuvieron la oportunidad de ver un león tumbado y algunos elefantes, a los que miraron con recelo, miedosos al conocer las experiencias del guía, quien informó al grupo sobre el fuerte carácter de desconfianza de estos animales, que pueden atacar agresivamente ante movimientos bruscos. Familias enteras de babuinos subían y bajaban de los árboles, saltaban de rama en rama o corrían con sus crías a cuestas. Se abrían enormes explanadas verdes, salpicadas con pequeñas lagunas donde los cocodrilos permanecían inmóviles bajo el devenir constante de las aves que se acercaban a comer a las aguas. Desde un viejo mirador nos asomamos al lago donde las cabezas de los hipopótamos emergían del agua abriendo sus enormes bocas.
El atardecer cayó sobre la sabana con una paleta de colores que nos hechizó, y la inmensidad del cielo coloreado de fuertes rojos, naranjas y violetas nos acompañó de regreso. La noche penetró antes de que llegásemos al campamento, y la oscuridad africana fue el marco que nos acogió cuando todo lo que habíamos visto ya estaba palpitando en nuestras retinas.
Catalina Terreros